Las múltiples caras del Parque Forestal

Una ciudad en constante movimiento

Existen algunos lugares de Santiago que guardan más secretos de los que aparentan. Uno de ellos es el Parque Forestal, límite norte del centro histórico de la ciudad y borde histórico del río Mapocho entre las avenidas Pío Nono y Recoleta. Este parque, construido a fines del siglo XIX en lo que alguna vez fueron terrenos ocupados por el propio río, el cual giraba en ese punto desde el norte hacia el poniente, vino a cambiar la cara de un sector que por aquellos años mantenía una forma de vida sencilla y popular.

Cuando ya se acababa el siglo XIX, el intendente de Santiago de la época, Enrique Cousiño, aprovechando las obras de canalización del río Mapocho iniciadas en 1888, contrató al ingeniero paisajista de origen francés George Dubois para que proyectara un parque afrancesado y refinado en los terrenos que se habían ganado al río.

Dubois, cumpliendo con su encargo, diseñó un gran parque lineal siguiendo las modas existentes en el viejo continente, plantando diversas especies vegetales foráneas como encinas, seibos y acacios, entre muchas otras, mezcladas con especies nativas como quillayes, araucarias y palmas chilenas. Sin embargo, el gran árbol protagonista del parque fue el Plátano Oriental, plantado en todo su largo generando una gran avenida arbolada y un grato paseo peatonal bajo su sombra. Junto con esa arborización planificada y ordenada, Dubois creó una gran laguna en el centro del parque para recibir las aguas que naturalmente se escapaban del río en las constantes crecidas que éste presentaba. Por medio de una esclusa se controlaba el acceso del agua y para fomentar este nuevo ambiente pintoresco y romántico, se habilitaron botes de paseo que podían ser arrendados por enamorados entusiasmados o grupos de jóvenes de la Belle Époque chilena.

Este nuevo paseo urbano atrajo a familias más adineradas a vivir al sector, las cuales compraron antiguos lotes con casas de adobe de uno o dos pisos, para construir sobre ellas grandes palacetes con fachadas elegantes y costosas. De este modo, el perfil socioeconómico de esta antigua frontera de la ciudad pasó de familias humildes a una nueva elite profesional, principalmente ligada a las colonias de inmigrantes europeos, a nuevas fortunas y a antiguas familias aristocráticas de la capital algo venidas a menos. El fotógrafo francés León Durandin, el arquitecto chileno-polaco Luciano Kulczewski García, el industrial del salitre Augusto Bruna y la familia Puyó León fueron algunos de los tantos vecinos notables que ha tenido el Parque, a los cuales se suman los pintores Roberto Matta, Carlos Pedraza, Nemesio Antúnez y Aída Poblete, y tantos otros artistas que se pasearon por los salones del Museo de Bellas Artes y por las buhardillas del Museo de Arte Contemporáneo buscando la inspiración para sus obras.

A mediados del siglo XX, la modernidad ya había llegado al país y también al Parque. Los vecinos, cansados de los zancudos y de los malos olores que generaba el estancamiento del agua de la laguna, presionaron para que ésta fuese drenada. Finalmente fue eliminada en 1944, dejando un desnivel al interior del paque que fue aprovechado con nuevos árboles, bancas y juegos infantiles. Por otro lado, los palacetes de principios del siglo XX pasaron rápidamente de moda y comenzaron a ser reemplazados por nuevos edificios de departamentos, muchos de ellos diseñados por arquitectos de renombre como Sergio Larraín García-Moreno o León Prieto Casanova.

Esta nueva arquitectura en altura construida en hormigón armado, completamente antisísmica y de muy buena factura, transformó nuevamente la cara del sector, dejando atrás su pasado afrancesado y abriendo paso a un Chile industrializado y moderno. Ascensores de fierro y bronce llevaban a los nuevos vecinos a sus residencias, las cuales contaban, generalmente, con amplios balcones que permitían mirar durante la tarde las copas de los árboles plantados unos 60 años antes por el ingeniero Dubois. Así se fue consolidando la imagen definitiva del Parque, la cual ha formado parte del imaginario colectivo de los santiaguinos por generaciones: un parque con una escala armónica, proporcionado y cuyos edificios de departamentos son testigos privilegiados del follaje del cerro San Cristóbal, de las nieves cordilleranas y de los barrios de la antigua Chimba, al norte del Río Mapocho, por el sector de Recoleta y del Cerro Blanco.

No es de extrañar, entonces, que hoy en día jóvenes profesionales, familias recién formadas y estudiantes universitarios escojan el Parque Forestal para crear su barrio y formar sus redes cotidianas. Los departamentos de arquitectura moderna se transforman para albergar nuevos usos, donde dormitorios de servicio desaparecen para generar cocinas amplias y luminosas, o se aprovechan las terrazas y balcones para cultivar hortalizas, especias y flores. Antiguas estructuras neoclásicas, con cielos altos, detalles ornamentales en yeso y marquetería elaborada en muros y cielos, dejan atrás su pasado burgués para albergar un habitar contemporáneo. El ex Hotel Dresden, diseñado en 1917 frente al Parque por el Premio Nacional de Arquitectura, Rodulfo Oyarún Philippi, junto con su socio, Alberto Schade, es un ejemplo de reutilización y reciclaje arquitectónico, ya que sus salones con chimeneas en obra y sus amplias habitaciones vacías fueron recuperados como departamentos individuales únicos e irrepetibles.

Es innegable que el Parque Forestal se ha consolidado, con el paso de los años, comoun ícono del centro de Santiago. Por sus caminos sinuosos deambulan peatones distraídos y bajo la sombra de sus añosos árboles grupos de personas buscan una pausa a medio día. En torno a él se formó un barrio donde todo queda cerca y donde la bicicleta es la mejor compañera de ruta. Es un gran jardín público, abierto a todo el mundo, que bota sus hojas en otoño para renacer en primavera; que permanece anclado a la ciudad como una roca atada a una montaña y aún así, está en constante movimiento. 

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