Mirar la ciudad con otros ojos

Editorial

Hablar sobre patrimonio en estos días parece ser algo extemporáneo. La discusión generada a partir del estallido social acerca del rol del arte en el espacio público, del significado colectivo de los edificios patrimoniales y de cómo nuestras comunidades reescriben sus propias historias quedó oculta detrás del caos y la incertidumbre que acompañó la llegada del COVID-19 al país. Nuestras rutinas han cambiado de manera forzosa y nos enfrentamos a una nueva realidad que no siempre es fácil de asimilar.

¿Qué rol cumple el patrimonio dentro de estos días inciertos? Para intentar dilucidar una respuesta es necesario preguntarse primero qué entendemos por patrimonio. Algunos plantean que hace referencia a los edificios públicos de carácter monumental ubicados en el centro de las ciudades, los cuales son reconocibles por un gran número de personas como parte de la historia de nuestra sociedad. También podríamos decir que se refiere a las casas y chalets de la clase alta del pasado, construidas por notables arquitectos de su época en los más variados estilos. Otros podrían considerar que el patrimonio se encuentra en las viviendas sociales, los cités, las casas de adobe de distintos pueblos y en las ruinas arqueológicas de nuestros pueblos originarios. ¿Dónde quedarían entonces las tradiciones transmitidas de generación en generación, las fiestas populares, los cuentos y leyendas, los objetos de los abuelos, las fotos al fondo del baúl? 

Para nosotros, el patrimonio va mucho más allá de lo material. Creemos que las construcciones edificadas por nuestros antepasados – y que hemos recibido como parte de su herencia cultural – están íntimamente ligadas a las vivencias y memorias generadas en torno a ellas. Un patrimonio compuesto esencialmente por fragmentos de nuestro pasado que se manifiestan en el presente a través de la buena arquitectura y de las tradiciones, recuerdos, anécdotas y costumbres ligados a ella. Somos orgullosos de nuestro patrimonio cultural y nuestra misión es mantenerlo vivo y relevante, enfocándonos en proteger y conservar esa herencia que nos identifica como país.

Ofrecemos a personas y familias el poder vivir en un espacio con historia, donde se sientan felices y puedan conseguir una mejor calidad de vida; donde aún sea posible salir a comprar pan al almacén de la esquina y conversar un rato con el vecino en la puerta de su casa, o simplemente tomar desayuno en la terraza y descansar en la hamaca bajo el parrón al fondo del patio. Sabemos que esa forma de habitar sigue ahí, escondida en lo profundo de los barrios, y volver a ella es solo un acto de voluntad.

En ese sentido, rescatar del olvido un departamento de un condominio social de la década de 1960 en calle Juana de Lestonnac, junto al Parque Bustamante de Santiago, pone en valor nuestro patrimonio de la misma forma en que lo hace el evitar la inminente demolición de un edificio de la Belle Époque en Santiago Centro, como es el caso del antiguo Hotel Dresden, cuyas habitaciones fueron aprovechadas y refaccionadas como departamentos independientes.

Rescatar propiedades antiguas no significa congelarlas en el tiempo para transformarlas en museos. Significa adaptarlas para que tengan un uso contemporáneo, potenciando su belleza natural y mejorando los aspectos que podrían ser mejorados. Es darles una nueva oportunidad para que sean parte de nuestras rutinas, transformándolas así en los escenarios de nuestra vida cotidiana, respetando prácticas y formas de habitar de comunidades y barrios. Creemos que este intercambio constante entre contemplación y uso ayudará a que nuestro patrimonio cultural siga vigente. 

Por este motivo, hemos decidido crear este blog, pues somos verdaderamente apasionados por lo que hacemos y creemos que a través de la historia detrás de cada propiedad acercamos a personas comunes y corrientes al mundo del patrimonio, logrando que éste sea parte de sus vidas desde lo cotidiano y continuando así con las tradiciones que nos unen como comunidad. Los invitamos a mirar la ciudad con otros ojos, a volver a encantarse con los rincones de los barrios históricos, a conversar con sus vecinos y a caminar sin rumbo – cuando pase la crisis sanitaria – por las calles que aún conservan arquitectura de primera.

Equipo FVB.-

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