Un barrio jardín al otro lado del río

Pedro de Valdivia Norte

A los pies del cerro San Cristóbal, junto al río Mapocho, se encuentra el barrio conocido como Pedro de Valdivia Norte; un vecindario donde se respira la tranquilidad y la paz de los suburbios a pocos pasos de Avenida Providencia, muy próximo al centro de Santiago. Y es que este barrio no sólo goza de las bondades de la urbe en un entorno apacible, sino que se caracteriza por la estrecha relación con la geografía que lo contiene, que lo abraza y protege del resto de la ciudad.

Al cruzar el río Mapocho hacia el norte por el puente Pedro de Valdivia, la ciudad cambia de escala: el bullicio y ajetreo de Providencia se vuelve un eco distante a medida que nos adentramos en un barrio que nos recibe entre esculturas y jacarandás que acompañan el paso del río. La avenida Santa María, con sus añosos plátanos orientales y enormes casonas propias de una elite antigua, se transforma en un límite virtual tras del cual se esconden veredas anchas y arboladas, donde tanto jóvenes como ancianos se sientan a reposar disfrutando de la sombra de un viejo ombú, convirtiendo la calle en una gran plaza pública. ¡Y los ciclistas! que van y vienen por la avenida en sus bicicletas y tenidas deportivas desde o hacia el cerro San Cristóbal; un verdadero telón de fondo con su exuberante vegetación propia de ladera sur y teleféricos de colores que saludan desde las alturas.

Resulta imposible no tratar de imaginar el pasado rural de este lugar, al sentir la geografía tan cercana. Al investigar, se manifiesta la importancia del valle del Mapocho para las culturas precolombinas que a través de un sistema de acequias y canales aprovechaban las aguas de los torrentes para regadío, que hacían de éste, un espacio privilegiado por su cercanía al río. Ya en el siglo XVI, los terrenos que forman este barrio fueron parte de la encomienda que Pedro de Valdivia dió a Rodrigo de Araya. Múltiples propietarios y sucesivas subdivisiones fueron fragmentando el territorio, hasta que a finales del siglo XVIII Francisco de Avaria reunifica nuevamente el barrio y construye en él, como dote matrimonial a su sobrina Mercedes Contador, la alquería que más tarde formó parte de la casona colonial Lo Contador. Con el pasar de los años la casa se amplió y transformó, e incluso albergó una casa para retiros espirituales. Por esos años, la chacra se abastecía de la actividad  agrícola y de las canteras que existían en el cerro, las cuales funcionaron de forma plena hasta el año 1917. La conexión de la chacra con el resto de la ciudad era a través del barrio Bellavista, lo que acentuaba su carácter rural y alejado de la creciente ciudad. 

Con el paso de los años, la ciudad de Santiago se fue expandiendo hacia el oriente, lo que sumado a la decreciente actividad agrícola en estos terrenos y el cierre definitivo de las canteras que labraban el cerro, además de la construcción de los dos nuevos puentes que dieron continuidad a las Avenidas Pedro de Valdivia y Nueva de Lyon, hacia el año 1946 se dio paso a una nueva era en la historia del lugar: el desarrollo inmobiliario en él. Siguiendo el modelo anglosajón de ciudad jardín, alrededor del eje Padre Letelier, que tiene como remate la Parroquia de la Sagrada Familia, se trazaron alargadas manzanas y calles de suaves curvas que resuelven el terreno triangular resultado de los límites del barrio, donde la vegetación y la geografía son las protagonistas. El diseño de un microcentro en la Plaza Padre Letelier, rodeado de edificios rojos que cuidan del espacio, con almacenes y cafeterías en el primer piso, son el lugar de encuentro idóneo para que familias y amigos se reúnan a relajarse y compartir.

Amoblar la comuna como si se estuviera amoblando una plaza o un parque: colocar escaños, luz peatonal, buena iluminación para caminar. Colocar basureros y bebederos. La imagen era: como no podemos tener parques, como el valor del suelo es tan caro, mejor hagamos una ciudad parque (…) que se apoye con ciclovías, ancho de veredas, hacer una ciudad caminable”, dice el arquitecto urbanista Germán Bannen, en el documental “La Ciudad de Germán Bannen”.

Paralelamente a la urbanización del barrio, en el año 1959 la Universidad Católica adquiere la antigua casona Lo Contador, para albergar en ella la Facultad de Arquitectura, Diseño y Estudios Urbanos. Junto con ello, el decano de la facultad, el destacado arquitecto Sergio Larraín García Moreno, compró también entonces la casa que hoy lleva su nombre. Incluso se barajó la idea de convertir estos terrenos en el nuevo campus universitario de la Pontificia Universidad Catolica, sin embargo finalmente esta idea no prosperó, optándose por San Joaquín como sede universitaria principal. 

Como consecuencia de lo anterior, el barrio comienza a exhibir una evidente arquitectura de primer nivel producto de la estrecha relación con los arquitectos de la UC. El nuevo campus universitario se convierte en un espacio de innovación, donde la arquitectura tradicional chilena convive con modernos edificios y nuevas técnicas constructivas, como son  la biblioteca subterránea de los arquitectos Teodoro Fernandez, Cecilia Puga y Smiljan Radic, o años más tarde el nuevo edificio de Diseño y Estudios Urbanos de Sebastián Irarrázaval, entre otros.

El cercano vínculo con la facultad favoreció también el desarrollo del barrio como un espacio de creación artística y experimentación arquitectónica. Casas diseñadas por célebres arquitectos del movimiento moderno – Horacio Borgheresi, Jorge Elton y Jorge Swinburn, entre otros – conviven con casas de estilo neoclásico, colonial y georgian, y otras de estilo contemporáneo; viviendas aisladas y pareadas comparten las calles con pequeños edificios residenciales de 3 o 4 pisos, donde son los árboles, arbustos, flores y fauna, los que hacen de las calles un jardín que entrelaza los distintos predios.  Este barrio conforma un verdadero oasis de plazuelas escondidas, donde los variados estilos conviven de manera armónica, unidos a través de un trazado urbano y geografía que los cobija, poniendo como centro a los habitantes, haciendo del pasear un deleite cotidiano.

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