Barrio Vaticano chico

Huellas de un trazado

Existen lugares a los que llegamos, arrastrados por la casualidad o que decididamente revisitamos por habernos producido un recuerdo grato, y que sostenemos la impresión de que son lugares excepcionales, reductos de silencio y calma, de vida amable y de escala humana. Nos sabemos entonces internados en una suerte de “oasis urbano”. 

El barrio “Vaticano Chico”, situado entre Avenida Providencia, Seminario, Rancagua y Condell, destaca como uno de los sectores más consolidados y atractivos de Providencia. Su ubicación privilegiada y buena conectividad con el resto de la ciudad, su proximidad al río Mapocho, al cerro San Cristóbal, a distintos parques y servicios de todo tipo, la buena calidad de sus construcciones y el estilo de vida tranquilo que posee hacen de este barrio un lugar único en Santiago, codiciado por muchos para vivir en él, especialmente adultos jóvenes que buscan el equilibrio entre las ventajas del centro y la tranquilidad de los barrios.

Si bien, en un primer vistazo resultan evidentes los méritos que presenta este barrio, al transitarlo detenidamente, nos percatarnos de otras virtudes que podrían pasar desapercibidas para un transeúnte apresurado.

Paseando por sus sinuosos caminos, cuyos nombres recuerdan a importantes obispos y arzobispos de antaño que formaron parte de la historia de este lugar, calles que cobijan del ajetreo de la bulliciosa ciudad que lo rodea, es probable deleitarse con el espectáculo de gente elegantemente reunida a la espera de la llegada de los novios a las puertas de la iglesia de los Ángeles Custodios, ver también personajes descansando silenciosos y meditativos en los escaños de la plaza José Manuel Barros mientras observan niños inquietos jugando de un extremo a otro, o tropezar con una improvisada celebración de cumpleaños, en los jardines de los edificios EMPART, en animada conversación.

Por la calle María Luisa Santander se pueden apreciar sus pintorescas y encantadoras casas de estilos historicistas, de albañilería a la vista, tejas y rejas de hierro, que en conjunto con sus antejardines transforman las angostas veredas en un paseo digno de ser disfrutado. Se destacan igualmente los parterres en los antejardines de los edificios de cuatro pisos de la calle Obispo Donoso, en los que las ventanas y balcones se asoman en vigilancia del espacio público bajo sus pies.

Deambulando sin asunto, perdiéndose en sus rincones, es posible experimentar que su riqueza se da por la diversidad tipológica de sus construcciones, donde palacios, casas, edificios de fachada continua y otros de estilo modernos conviven armónicamente. Donde el trazado de sus calles, de forma natural, nos invita a recorrerlo cada vez de nuevas maneras. Donde los añosos árboles son, sin lugar a dudas, parte de su esencia más profunda, y que han logrado resistir el transcurso del tiempo, irrumpiendo en veredas y estacionamientos, jardines y plazas, prodigando generosamente su sombra. Estos árboles, patrimonio vegetal, se mantienen como vestigios testimoniales del pasado de este territorio y su biografía.

Al evidenciar estas cualidades es imposible no remontarnos en la historia que dio origen al barrio como lo conocemos hoy en día. Cuando Santiago no se extendía más allá de Plaza Italia y la actual comuna de Providencia era una zona rural, fueron diversas instituciones religiosas las pioneras en colonizar estos territorios: las Monjas de la Buena Enseñanza, las Hermanas de la Providencia y el Seminario Conciliar de Santiago, entre otras, quienes eligieron estos terrenos gracias a su cercanía con el centro y el ambiente rural propicio al recogimiento. Fue así como en 1854 el Seminario Conciliar compró los terrenos que hoy llamamos el barrio “Vaticano Chico” para edificar ahí sus nuevas dependencias: la iglesia, el nuevo edificio con jardines interiores y un gran parque para el reposo y recreo de sacerdotes y seminaristas.

Paulatinamente la ciudad de Santiago fue expandiéndose hacia el oriente, elegido por las clases más acomodadas, que optaron por una vida rodeada de naturaleza, de acuerdo a los nuevos ideales de arborización y espacio público. De este modo, el Seminario fue quedando cada vez más inserto dentro de la ciudad, y fue así como en el año 1927 se venden parte de sus terrenos, dando origen así a la urbanización de las calles Ricardo Matte Pérez y María Luisa Santander bajo el modelo de ciudad jardín. Años más tarde y tras sucesivas ventas el parque del Seminario siguió fragmentándose, urbanizandose los bordes hacia calle Condell – en ese entonces callejón de Lo Pozo – y el sector comprendido entre las calles María Luisa Santander y Obispo Salas para la construcción de numerosos proyectos inmobiliarios de la época.

El Seminario siguió funcionando hasta 1954, cuando finalmente resolvieron vender sus terrenos para buscar nuevos lugares alejados de la ciudad. Al año siguiente fue demolido para construir en su lugar los edificios EMPART bajo los principios del movimiento moderno. Solo la iglesia de los Ángeles Custodios y algunos de los árboles que sombreaban los jardines del seminario, persisten al presente como testigos de aquellos tiempos.

La paulatina urbanización del barrio Vaticano Chico hizo posible que en cada una de las etapas pudiese el barrio transformar su paisaje, pero sin alterar su esencia. El ambiente tranquilo y amable ha resistido el paso del tiempo, acogiendo antiguos y nuevos habitantes quienes conviven de manera respetuosa y afable entre ellos y con el entorno donde residen.

Arbotante – Arquitectura & Patrimonio.

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FVB.-

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