Barrio Matta Sur

Caminando entre jardines

Una de las necesidades básicas del ser humano es poder conectarse constantemente con la naturaleza, pues dependemos de ella para sobrevivir. Por esta razón, las ciudades del mundo han seguido la tendencia de integrar los espacios urbanos a la naturaleza, clima y geografía que los sustenta, incorporando especies vegetales autóctonas al diseño urbano y creando corredores naturales para fortalecer el desarrollo de la fauna nativa.

Los centros históricos latinoamericanos, fundados en base a una trama de damero español, con calles perpendiculares y rectas, sumado al uso preferente de la fachada continua como tipología principal, generaron calles herméticas, a veces estrechas, y con poco espacio para el desarrollo de una vegetación que acompañe al transeúnte. En el caso de Santiago, si bien existieron esfuerzos en el siglo XIX para crear paseos y plazas arboladas, como fue el caso de la remodelación de “La Cañada” para transformarla en la “Alameda de las Delicias”; o la urbanización del cerro Huelén para dar paso al parque urbano del Cerro Santa Lucía, a principios del siglo XX el centro continuaba contando mayoritariamente con calles pavimentadas y escaso arbolado urbano.

En los barrios pericentrales la situación era aún más crítica. En barrios como “La Chimba”, al norte del Río Mapocho (actual Recoleta), o en sectores populares de los barrios Brasil al poniente y Matta al sur del centro fundacional, encontrar espacios públicos de calidad en el 1900 era prácticamente imposible. Esta situación se mantuvo por décadas, ya que la discusión en torno a la relevancia de los espacios públicos para la salud de las personas no adquirió mayor relevancia sino hasta pasada la mitad del siglo pasado.

En algunos casos, estas carencias de infraestructura urbana se han transformado en una fuente de inspiración para que vecinos de un sector se apropien de espacios residuales o abandonados del trazado urbano. Así ha sucedido en el Barrio Matta Sur, donde la comunidad se ha encargado tanto de proteger legalmente el patrimonio arquitectónico y urbano de su entorno, como también de activar zonas degradadas y recuperar espacios públicos en una búsqueda permanente del bien común.

Este barrio, cuyo origen se remonta aproximadamente hacia 1875, no contemplaba zonas reservadas para espacios públicos y se limitaba a ser un interminable loteo de terrenos en manzanas alargadas hacia el sur y angostas en sentido oriente – poniente. Recién en 1920 se crea la Plaza Bogotá en la intersección de Ñuble con Sierra Bella, siendo la primera plaza formal del sector y que junto con el emblemático cine “América”, que posee una imponente fachada art deco, dieron vida a un barrio que carecía de lugares públicos de reunión. Con el tiempo se abrió la Plaza General Gacitúa, entre Carmen y Manuel Antonio Tocornal, a la altura de Victoria, generando un interesante espacio confinado por casas de antiguos cités que quedaron mirando hacia este nuevo espacio público y a las cuales se accede desde la misma plaza.

Otra área verde reconocida del barrio es el bandejón central de Avenida Matta, el cual se construyó en reemplazo de las antiguas vías del ferrocarril de circunvalación que corría a lo largo de esa avenida. En él, entre medio de una ciclovía sinuosa y de troncos de liquidámbares, jacarandás y paulownias, se esconden incólumes las fuentes de piedra diseñadas por el escultor Samuel Román; un tesoro expuesto formandoun verdadero museo al aire libre.

Estos espacios públicos, aún cuando contribuyeron a mejorar el equipamiento del barrio, no fueron suficientes para satisfacer la demanda de la comunidad por espacios públicos de buena calidad y con una vegetación acorde a nuestro clima y ubicación geográfica. La escasez de áreas verdes fue el punto de partida para que los vecinos del Barrio Matta Sur, de manera espontánea y sin organización previa, comenzaran a sembrar y cultivar un espacio que hasta el momento se encontraba abandonado: las platabandas de las veredas frente a sus casas. Así, en varios rincones del barrio comenzaron a aparecer pequeños jardines de ligustrinas y suculentas, complementados en ocasiones con huertos comunitarios o una banca de madera hecha en casa para sentarse luego de un día de trabajo, o simplemente para ver pasar a la gente mientras avanza la tarde.

El reconocimiento que se ha hecho de las platabandas cultivadas y cuidadas por los vecinos ha permitido dar a conocer una tradición que había permanecido como un secreto local. La puesta en valor de los jardines comunitarios, realizada por equipo interdisciplinar conformado por las arquitectas Macarena Núñez y Paulina Alvarado, el ingeniero agrónomo experto en huertas comunitarias Álvaro Pumarino, y por Isaías Castro, ha servido de ejemplo e inspiración para que otros sectores del barrio, así como también de otros barrios de Santiago -y del país- se atrevan a modificar su espacio público en beneficio de la comunidad.

Muchas veces esperamos que los municipios o el gobierno central tomen la decisión de invertir en el espacio público de nuestros barrios, y nos sentimos incapaces de enfrentar la maquinaria burocrática para lograr que las ideas de mejora del entorno se transformen en hechos concretos. Es necesario mantener una comunicación constante con nuestras autoridades, ya que son un actor esencial para poder ejecutar proyectos de infraestructura urbana, pero eso no quita que la organización comunitaria, el trabajo en equipo y la solidaridad entre vecinos puedan lograr, poco a poco, hoja a hoja y flor a flor, hacer del paisaje urbano un lugar más sostenible y más bello.

Arbotante – Arquitectura & Patrimonio

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FVB.-

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