ESPACIOS DE TRABAJO COLABORATIVO

Redes de apoyo y calidad de vida

La ciudad de Santiago esconde muchos secretos, lugares que a simple vista pueden pasar desapercibidos, pero que cuando llegamos a conocerlos y hacerlos parte de nuestras rutinas diarias podemos recién develar el gran valor que poseen. No apreciamos solo las tipologías de sus construcciones o la historia de sus calles, sino también la vida que acogen día a día. Son patrimonio vivo, que existe gracias a las comunidades que los habitan, enriqueciendo la vida en los barrios donde se encuentran insertos.

Una de las cualidades más destacables de los humanos es que somos seres colaborativos, que trabajamos en equipo y naturalmente creamos redes de apoyo, ayudándonos los unos a los otros. Bajo estos principios nos hemos aprendido a relacionar y organizar desde tiempos remotos, mejorando tanto nosotros mismos como los entornos que habitamos. Y es que la colaboración surge en las más diversas escalas y ámbitos de nuestra vida: en nuestras familias, con nuestros amigos, con nuestros vecinos en los barrios que vivimos, y también en nuestros trabajos, por dar sólo algunos ejemplos.

Hasta hace algunos años, la manera más común de trabajar era que las personas se emplearan en una gran institución o empresa, cumpliendo horario en un determinado espacio. Los últimos años, en cambio, han ganado terreno los nuevos emprendimientos, siendo cada vez más las personas que se atreven a trabajar de forma independiente, gestionando sus propios proyectos. Los motivos son variados: conseguir la anhelada libertad profesional, disponer del tiempo propio sin explicaciones, trabajar por un motivo que nos apasione realmente, o las ansias de cosechar los frutos de nuestro trabajo. Lo cierto es que durante los últimos años se han multiplicado las personas que deciden emprender, así como también los espacios dedicados a estos fines.

A pesar de que con internet y un computador casi cualquier lugar puede convertirse en una improvisada oficina, es justamente el hecho de poder relacionarnos con el prójimo un factor diferenciador y que da valor a estos espacios colaborativos. Durante los últimos años, así como han proliferado los emprendimientos, han surgido los llamados espacios de “cowork”, lugares donde distintas personas – sin tener necesariamente una relación laboral directa – pueden sentarse a trabajar juntos, conocerse y crear alianzas. Esta manifestación de nuestra esencia colaborativa es lo que queremos hoy poner en valor, donde son las relaciones humanas el principal motor de desarrollo, donde las distintas capacidades y experticias crean sinergias al relacionarse, logrando los más variados y ricos resultados.

Un muy buen ejemplo de esto es el @centro_laplanta, un espacio de trabajo comunitario en pleno barrio Santa Isabel, donde se dio nueva vida a una antigua casa de comienzos del s. XX para convertirla en talleres y oficinas, los cuales se disponen entorno a una galería y un acogedor patio, donde se pueden realizar diversas actividades. Aquí los “planteros” – como ellos mismos se reconocen – organizan asambleas, ferias y mercadillos de productos y alimentos, ofrecen servicios que ellos mismos crean, realizan presentaciones de libros y diversos tipos de encuentros. También llevan a cabo charlas y seminarios, dando espacio al pensamiento crítico y la reflexión, entre otras tantas actividades, y abriendo las puertas a la comunidad donde se inserta y los visita.

Elisa Domínguez, fundadora del Centro, destaca la escala humana que existe en este lugar. El Centro La Planta no es solo un espacio de trabajo colaborativo abierto a la comunidad, es también una apuesta por la salvaguarda y conservación de nuestra identidad cultural, promoviendo nuevos usos a antiguas construcciones que se encuentran constantemente amenazadas con desaparecer. “Donde antes podíamos ver el edificio del primer molino de harina de Santiago y la fábrica de pastas Lucchetti (que habría sido un hermoso cowork) ahora hay un supermercado Líder, frente a nuestro espacio. Existen depredadores inmobiliarios a la espera de una modificación al plan regulador comunal, quienes buscan que se aumente la altura de 5 pisos (regulación actual) y que ponen en peligro a todas las casas de fachada continua, que datan de 1920, próximas al Metro. Entonces ahí entramos en la pelea entre dos lógicas: una plantea que la preservación es un privilegio (donde viven pocos, podrían vivir muchos), la segunda apela a la calidad de vida, por tanto, poner en valor la vida, por sobre el desarrollo económico y no al revés. Espacios como el nuestro abogan por la segunda, porque no hay barrio, si no hay comunidad, y no hay comunidad si no hay escala humana.” señala Elisa.

En este sentido, vemos también como la reconversión de inmuebles en otros usos, distintos de aquellos para los que originalmente fueron construidos, contribuye a la salvaguarda no solo de nuestro patrimonio material, sino también inmaterial, generando espacios de encuentro y promoviendo la buena calidad de vida en los barrios que respetan su pasado.

Arbotante – Arquitectura & Patrimonio

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