Barrio Suárez Mujica: un barrio moderno en una ciudad contemporánea

Casas modernas y la buena salud del siglo XX

  • Textos: Andrés Morales.
  • Fotos: Pablo Altikes, Andrés Morales.

A principios del siglo XX, la comuna de Ñuñoa abandonaba rápidamente su pasado rural y se transformaba en el barrio suburbano predilecto de una creciente clase media. Ahí convivían familias chilenas con otras de origen árabe, judío y europeo, cuya influencia migrante quedó plasmada en sus residencias modernas. Así, esta nueva arquitectura, menos ornamentada, construida con materiales nobles y que contaban con servicios modernos y limpios, fueron dando forma a un sector diverso, vanguardista y único en el Chile de entonces.

El Barrio Suárez Mujica es uno de los barrios ñuñoínos que mejor conserva este tipo de arquitectura residencial. Ubicado al norte del Estadio Nacional y al sur de Av. Irarrázaval, fue recientemente protegido bajo la Ley de Monumentos Nacionales gracias al trabajo y esfuerzo de sus vecinos, creando así la Zona Típica más grande de la comuna. Sus casas de uno y dos pisos, sus jardines y antejardines, sus largas calles arboladas y la presencia de edificios de vivienda de baja altura conforman este verdadero oasis urbano, en el cual las casas modernas son protagonistas. Sin embargo, no todas las casas modernas del del Barrio Suárez Mujica se enmarcan en un mismo tipo de modernidad. El arquitecto Pablo Altikes, experto en patrimonio arquitectónico moderno, señala que existe una primera modernidad, asociada a las famosas “casas barco” y a la inmigración europea de la primera mitad del siglo XX, en las cuales los propietarios reproducían, de manera algo inconsciente, su idea de modernidad y el vínculo que aún mantenían con el antiguo continente. Los largos viajes en barco para visitar a la nonna en la Toscana italiana se colaron en el imaginario colectivo de los inmigrantes, trasladándose así las formas náuticas al diseño de sus residencias en el Nuevo Mundo. Muchas de las casas del barrio siguen estos principios, donde “lo moderno” se aprecia, de manera estética, en detalles como las ventanas circulares u “ojo de buey” en los sectores de baño y cocina, los muros curvos en cajas de escaleras, y las terrazas en las techumbres a modo de cubiertas de barco. La casa Casajuana, ubicada en Av. Campo de Deportes y diseñada en 1940 por el arquitecto chileno Viterbo Castro para el empresario español Francisco Casajuana, es uno de los grandes ejemplos de esta primera modernidad.

A comienzos de la década de 1950, explica Altikes, una segunda modernidad tomó fuerza en las nuevas residencias construidas en distintos lugares del país. Es una modernidad racional, donde se jerarquizan los espacios interiores según su función y la forma de la vivienda se adapta a esta distribución. El matrimonio compuesto por los arquitectos de origen judío Abraham Schapira y Raquel Eskenazi realizó una de las primeras obras de su larga trayectoria profesional en la esquina de las calles República de Israel y Pedro Pablo Dartnell: se trata de la casa Guendelman, diseñada en 1953 para un amigo del matrimonio y para su familia. El proyecto de Schapira y Eskenazi soluciona de manera ingeniosa la distribución de los recintos en un terreno esquina de forma triangular muy difícil de aprovechar. Los arquitectos sectorizaron la vivienda según la función de sus espacios, proyectando un sector privado, correspondiente a los dormitorios y baños familiares; un sector público, donde se ubicaban el hall de distribución, el baño de visitas, el estar y el comedor; y un sector de servicio, con cocina, pieza de servicio, garage, bodega y sala de calderas. Uno de los grandes atributos de esta casa, comenta Altikes, es la materialización espacial de la forma de habitar de una familia judía tradicional de la época. El amplio hall de distribución vidriado da paso al estar, el cual se encuentra dos escalones más arriba que el comedor y separado de él por una cortina retráctil. Por medio de esta jerarquización espacial, los invitados esperaban en el estar a que “la cena estuviese servida”, momento en el cual se abría el telón y se disfrutaba de lo más destacado de la hospitalidad judía: la comida. El pequeño bar ubicado a la altura de la cabecera de la mesa permitía que el dueño de casa ofreciera un aperitivo a sus comensales sin tener que trasladarse a otro recinto, mientras que la puerta que comunicaba el comedor con la cocina mantenía al servicio atento de las necesidades propias del evento.

La inclusión de un pequeño pasillo oculto que comunicaba las habitaciones con la cocina permitía que los niños de la casa mantuvieran una independencia total a las situaciones de adultos, pudiendo ir en la mitad de la fiesta a buscar un tentempié nocturno sin ser vistos. La cocina, a su vez, incorporaba artefactos contemporáneos y funcionales, como un amplio lavaplatos de fierro enlozado con dos cubas, el cual se ubicaba estratégicamente bajo una ventana para que, al momento de lavar la loza, fuese posible ver de mejor manera la suciedad y mantener así la higiene dentro de la casa. Además, una de las cubas se utilizaba para limpiar la loza sucia y la otra para enjuagar, lo cual evitaba la contaminación cruzada entre distintos utensilios y mantenía sana a toda la familia.

Muchos de estos aspectos hoy nos parecen cotidianos y obvios, pero es relevante recalcar que las casas no siempre fueron diseñadas bajo estos principios. La antigua casa patronal chilena, con sus gruesos muros de adobe y altas habitaciones conectadas entre sí, generalmente no contaba con servicios incorporados, encontrándose la cocina y baños –o letrinas– en recintos externos a la vivienda principal y, en muchas ocasiones, en condiciones higiénicas deficientes. El problema de la salubridad pública y privada era uno de los grandes temas de las políticas públicas de fines del siglo XIX, pues las epidemias de cólera, tifus y tuberculosis causaban estragos en la población. Así, siguiendo las ideas del movimiento higienista europeo, la nueva arquitectura no podía concebirse sin los avances tecnológicos de la época. Baños con azulejos y artefactos de loza relucientes, sumado a las cocinas con amplios lavaplatos, refrigeradores que impedían que la comida se pudriese y cocinas a gas que permitían cocer carnes y verduras, fueron apoyando silenciosamente la erradicación de estas enfermedades. Las casas modernas guardan estos secretos como un tesoro, siendo el testimonio material de los avances en el habitar urbano del siglo XX. Además están plenamente vigentes en nuestros días, ya que la distribución de sus recintos promueven los espacios ventilados y luminosos, dejando afuera a la humedad y protegiéndonos de los cambios bruscos de temperatura. 

Hoy en día enfrentamos una pandemia cuyo término no parece que ocurrirá en el corto plazo. Ahora nos toca a nosotros volver a pensar la forma en que estamos habitando nuestras ciudades: es posible que, en un futuro, privilegiemos los espacios al aire libre por sobre los cerrados, al menos en las ciudades en que el clima lo permita, o que encontraremos formas de vincularnos físicamente sin caer en aglomeraciones. Esta pandemia sin duda hará que cambiemos nuestros hábitos y rutinas; sin embargo, estos cambios han ocurrido frecuentemente en la historia de la humanidad, por lo que lograremos salir adelante, tal como lo hicieron nuestros abuelos en la época de los viajes trasatlánticos.

FVB Propiedades.-

Arbotante – Arquitectura & Patrimonio.

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